La belleza olvidada

Cuando lees la definición de bello en la RAE te das cuenta que alguien se ha olvidado de que el hombre es un animal que tiene, al menos, cinco sentidos:

bello, lla

Del lat. bellus ‘bonito2‘.

  1. adj. Que, por la perfección de sus formas, complace a la vista o al oído y, por ext., al espíritu.
  2. adj. Bueno, excelente.

Únicamente se hace mención a la vista y al oído y, “por extensión”, se menciona al espíritu. ¿Pero qué es lo que hace que esa perfección de las formas de las que habla llegue al espíritu?

En la literatura popular el olfato, por ejemplo, es el sentido quizá menos explotado y, sin embargo, Marcel Proust y su magdalena son diariamente citados en clases de literatura.

Rescatemos una cita de El perfume, de Patrick Süskind, dónde el autor reclama la importancia de los aromas. “Y una vez en su interior, el perfume iba directamente al corazón y allí decidía de modo categórico entre inclinación y desprecio, aversión y atracción, amor y odio. Quien dominaba los olores, dominaba el corazón de los hombres.”

Hemos querido preguntar a dos profesionales que trabajan en estos “sentidos olvidados”. La asesora gastronómica, Carolina Rïn, arranca recordándonos que las cinco sensaciones que conforman el gusto—dulce, amargo, salado, acido, umami— han sido cruciales en la supervivencia como especie.

El tacto es el sentido que hace único a Miguel Cazo. Miguel —ilustrador del relato Belleza, si es que la hay del número 1— es un artista polifacético que actualmente concentra sus esfuerzos en la exploración con la cerámica en Miandku. Su búsqueda de la belleza merodea el estilo brutalista de la arquitectura.

“Encuentro la belleza en unos materiales que a primera vista trasmiten un mensaje de rudeza, hermetismo o lo que entendemos como horroroso.” Sorprende como este profesional habla de materiales bellos al tacto como “el barro de Terracota de color  arena clara”  en ese momento exacto en el que saca la pieza del horno y le da una pulida para dejarlo más suave, hasta hallar una  textura muy aterciopelada.

Edificio de aspecto brutalista-futurista

Carolina Rïn, sin embargo, es más reacia a hablar de una belleza objetiva. Esta artista de la cocina nos explica que todo depende del que se sienta a la mesa. “En cada bocado metemos parte de nuestra identidad. Todo está relacionado en cómo hemos aprendido a percibir el mundo. Cuando ves un alimento rosa, automáticamente lo relacionas con un sabor… ¿El dulce? Seguramente que sí. En cambio en Asia los alimentos rosas se relacionan con alimentos salados: el corte del atún rojo, el corte de la carne…” En este sentido, Carolina insiste en el poder que tiene nuestro cerebro sobre un plato encima de la mesa. Sus olores, sus texturas… Lo explica con un ejemplo muy gráfico. “Seguramente que eres capaz de comer la ración que necesitas de patatas cocidas, pero las patatas fritas… ¡no hay stop! Es el mismo mecanismo de placer que nos desencadena el sexo o las drogas. Es pura orgía para el cerebro.”

Patata frita deseando ser comida
La magdalena de Proust un clásico literario

La hipótesis de la croqueta

Tampoco podemos obviar que un sentido despierta a otro. Muchas de nuestras neuronas están dadas de la mano. Carolina dice que esto es precisamente lo que prueba La hipótesis de la croqueta.  “¿De verdad disfrutas igual y te sabe igual si comes una croqueta con las manos, que si la comes con tenedor y cuchillo? Si lo haces con cubiertos pierde su esencia de tocar su textura rebozada, la temperatura, la fragilidad de esa bechamel a punto de romperse, hay más sentidos que él propio del olfato y el gusto. “

Miguel aboga precisamente por lo contrario. Dice que es el contraste el que nos sirve muchas veces de guía para encontrar la belleza. “Cuando la imagen que se nos muestra es todo lo contrario al tacto. Muchas piezas tienen textura de aspecto áspero y luego son súper suaves.”

A pesar de las diferencias entre ambos profesionales, encontramos ciertas coincidencias en sus respectivas búsquedas de la belleza. Los dos inciden “en lo concreto” así como en la capacidad de estar atento para apreciarla cuando surge. Así también lo advierte Marcel Proust en este hermoso párrafo que tomamos prestado para cerrar el artículo:

“En el seno de aquel valle, entre aquellas alturas que le ocultaban del resto del mundo, la muchacha no debía de ver a otras personas que a las que iban en esos trenes que se paraban allí un momento. Anduvo a lo largo del convoy ofreciendo café con leche a los pocos viajeros despiertos. Su rostro, coloreado con reflejos matinales, era más rosado que el cielo. Sentí al verla ese deseo de vivir que en nosotros renace cada vez que recobramos la conciencia de la dicha y la belleza. Nos olvidamos continuamente de que dicha y belleza son individuales, y en lugar suyo nos colocamos en el ánimo un tipo convencional formado por una especie de término medio de los diferentes rostros que nos han gustado y de los placeres que saboreamos, con lo cual no poseemos otra cosa sino imágenes abstractas, lánguidas y sosas, porque les falta ese carácter de cosa nueva, distinto de lo que tenemos visto, ese carácter peculiar de la dicha o la belleza.” (extracto sacado de A la sombra de las muchachas en flor).

Si queréis saber más sobre el trabajo como nutricionista y chef de Carolina Rïn podéis hacerlo en su web.
Las creaciones artísticas con cerámica de Miguel Cazo lo encontrareis en  Miandku.

Los créditos de las fotografías son, por orden de aparición: Bruno Ramos, Fiardaus Roslan, Sascha Israel y Alezandre Godreau.